Previa Hungría 2018: ¿Qué ocurrió en 2017?

Tras la primera fila de Ferrari del sábado parecía que el domingo se avecinaba un paseo para los bólidos encarnados pero el destino les tenía preparada una jugada que a más de uno nos hizo pensar en un final tan aciago como el que sufrieron en Silverstone unos días antes. Me incluyo entre los que pensaba que su estrategia de mantener a Kimi como escudero de Vettel era un error. No parecía que poner en peligro al único coche italiano sin problemas al alcance de los Mercedes fuera la opción más sensata, pero así lo fue. Ni Bottas ni Hamilton pudieron con el finlandés, que hizo la goma con su compañero y sufrió tras él pero se mantuvo firme ante los tímidos ataques de los monoplazas plateados. La carrera la ganó Sebastian pero se la debía a Raïkkönen.

La segunda plaza era poco premio para el finlandés pero con su trabajo se ganó una renovación por la que nadie apostaba meses antes. Solo un fiasco tremendo podía acabar con una pareja de pilotos condenada a entenderse, o que Kimi reflexionara y pensara si quería seguir en la F1 sin posibilidad alguna de ganar un campeonato más, ni siquiera una carrera. Ferrari le podía ofrecer, si no lo había hecho entonces, un año más al fiel escudero de un Vettel que, con la certeza de que tiene un coche competitivo, renovaría hasta 2020 (más o menos). Leclerc tendría que foguearse y es lo que está haciendo en Sauber; y aquellos que presagiaban un retorno de Alonso a la 'Scuderia', asumir que su apuesta era y es una locura..., siempre y cuando no ocurriera un auténtico terremoto.

Ese cataclismo parecía más factible en un equipo Mercedes que había vuelto al realismo de la competición después de tres temporadas de dominio exasperante. Esa dosis de realidad llegó en mal momento para un Bottas que empezó dubitativo pero que estaba cumpliendo con su equipo y su compañero. Su labor como escudero de Hamilton era (y es) tan evidente como la de Kimi en Ferrari pero Lewis hizo algo extraño en un mundo en el que los trofeos y los puntos no se regalan así como así. El británico lo hizo y muchos veían un gesto con múltiples interpretaciones: desde una cierta "desgana" del tricampeón hasta un toque de rebeldía ante unas órdenes de equipo que no eran tan claras cuando compartía garaje con Rosberg. Repitieron que no les importó que Hamilton cumpliera su promesa de devolver la posición a Valtteri tras intentar pero no conseguir adelantar a los Ferrari, pero no les gustó nada que una decisión estratégica permitida fuera revocada por su piloto. 

Si hablamos de puertas, huecos y situación animada tenemos que mirar hacia Red Bull (y su equipo 'B'). Para una de las pocas carreras que Verstappen acaba y bate a su compañero, lo hacía llevándoselo por delante. Era una cita en la que podían dar mucha guerra, y viendo los problemas que tuvo Vettel con su volante, y la estrategia conservadora por la que optaron, hubiera sido un espectáculo ver a Max y Ricciardo unirse a una lucha a seis por la victoria en Hungría. Pero no, el holandés arruinó las aspiraciones del australiano y enrarecía aún más un ambiente en un equipo que parecía trabajar sólo para que el jovencísimo talento siga a cualquier precio aunque eso suponga que su compañero y aspirantes a serlo, como Sainz, sean infravalorados y tratados como pilotos de tres al cuarto. El terremoto en Red Bull se estaba cocinando y veríamos qué quedaría en pie.

Aunque parezca increíble, las aguas más calmadas las llevaba el río más revuelto de 2017. McLaren sacrificó Silverstone para llegar a Hungaroring limpios de sanciones y con el material lo más "fiable" y nuevo posible y sus dos pilotos respondieron. Entraron en Q3 y en los puntos, y demostraron que si eliminábamos el motor de la ecuación tendrían un monoplaza para luchar con los mejores (o eso parecía entonces). Su comportamiento en pistas en las que el paso por curva, la tracción y la frenada contaban más que la aceleración y la velocidad punta, les hizo ser el cuarto mejor equipo de la parrilla. Alonso sudó para recuperar plaza a su compatriota y Vandoorne para sumar su primer punto del año pero los de Woking no estaban tan lejos de los líderes ni tenían tan cerca a otros equipos que en el resto del circuitos les quitan las pegatinas.

El español dio espectáculo sobre la pista tras un adelantamiento trabajado sobre Sainz después de no conseguirlo en los primeros giros y efectuar una queja poco beligerante pero que sobró de todas formas. No la vi necesaria y menos después de que McLaren errará en la estrategia para superar al madrileño en la parada en 'boxes' y condenara a su piloto a intentarlo, otra vez, en pista. No deberíamos haber oído esa queja pero sí que considero un acierto su papel de actor secundario tras la entrega de trofeos. He leído quejas sobre cómo Alonso acabó sentado en una tumbona, sosteniendo un mensaje y mostrando una sonrisa. Que si robó protagonismo al podio, que si es una imagen bochornosa, que si es tonto por prestarse a ello, que si le quieren contentar... Bobadas y más bobadas. La escena fue simpática y que la F1 tuviera esa idea con el agrado y participación del piloto es algo de aplaudir. Su gesto y el de Hamilton convirtieron una carrera aburrida y táctica en una cita en la que dos campeones se portaron como tal.

No así se comportó Magnussen. Celebró su renovación con Haas con otro fin de semana decepcionante en lo deportivo y reprobable en lo personal. En su batalla con Hulkenberg superó los límites y después de la carrera aún más, con una respuesta sin modales, respeto ni sentido alguno ante un Nico que solo reclamaba unas disculpas más que justas. El de Renault tiene pasta y manos de campeón, cosa que el danés no. Sin penalización hubiera salido por delante de Alonso con un coche con peor chasis que el McLaren y luchó por remontar y puntuar, pero las artimañas de Kevin acabaron con él.

Eso ayudó a que los dos Force India volvieran a puntuar en una pista que no se adaptaba a su coche y a que, delante de ellos, acabara un Sainz que llevó a su Toro Rosso a una séptima posición que parece un sueño viendo el nivel de su coche y dónde acabo Kvyat. Carlos pilotó perfecto y solo Alonso pudo con él en otro fin de semana en el que fue patente que un año más con los de Faenza sería un desperdicio. Necesitaba estar en un monoplaza que le exija más para ver si podía luchar con los mejores o conformarse con ser un piloto más.

Dentro de este grupo de pilotos está un Di Resta que se subió a un Williams en horas bajas y que en Hungría evidenció que tiene muchas carencias cuando al coche se pide algo más que acelerar y acelerar. El británico suplió a un indispuesto Massa que intentó competir hasta última hora y eso le restó tiempo de preparación al reserva de los de Woking. Apenas pudo ser penúltimo en clasificación y tuvo que abandonar a pocas vueltas del final, poca recompensa a un esfuerzo difícil de ver pero con mucho valor. Una pena que pilotos como él tengan que esperar oportunidades tan poco gratificantes mientras otros con menos talento pero más dinero las tienen cada fin de semana y las malgastan con muchas más facilidades.

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