Previa Gran Bretaña 2018: ¿Qué ocurrió en 2017?

Mercedes se llevó un doblete de Silverstone en una edición que pintaba muy complicada para tal objetivo con un Bottas que salía en la 9ª plaza tras clasificar mal y penalizar por cambiar la caja de cambios. La parte de Hamilton parecía más fácil y el británico lo hizo aún menos difícil con un ritmo insuperable en carrera después de una clasificación en la que apabulló al todos. Lewis volvió a repetir triunfo en casa, y es que desde 2014 sólo gana él, y desde 2013 la victoria y las 'poles' son cosa del equipo de la estrella gracias al primer puesto de Rosberg aquel año. Parece que el antiguo aeródromo es terreno Mercedes y, para un año que alguien podía poner en peligro su dominio, el fresco (casi frío) verano de Silverstone ayudó a los chicos de Wolff y Lauda. El calor le venía bien a su máximo rival ya que sus neumáticos trabajaban mejor a mayor temperatura pero cuando la cosa se enfriaba, las 'flechas plateadas' no mostraban ninguna debilidad y daban rienda suelta a todo su potencial.

Hamilton lo hizo en cabeza y Bottas desde el medio de la parrilla. Valtteri salió bien y remontó aún mejor. El finlandés lo volvió a hacer todo bien (salvó clasificar un poco más arriba el sábado) y eso le permitió acabar justo detrás de su compañero. Arrancada, adelantamientos, ritmo y estrategia se unieron para permitirle subir a un podio que tenía complicado pero que se ganó con claridad. La segunda posición fue un gran premio que estaba cerca de alcanzar sin aprovechar problemas ajenos pero que consiguió gracias a esta razón.

El compatriota de Bottas estaba superando a su compañero de Ferrari durante todo el fin de semana cuando un pinchazo parecía destrozar sus aspiraciones de repetir su mejor resultado de 2017 y, por décima vez en diez carreras, acabar por detrás de Vettel. Pero si el destino estaba siendo cruel con Kimi, lo fue aún más con Sebastian. El aprieto en el que se encontró el '7' de los de Maranello se reprodujo y se amplificó para el '5'. El neumático del germano pinchó pocos segundos después de arrebatar la plaza de podio a su vecino de garaje pero, en su caso, tenía que dar casi toda la vuelta para intentar cambiar sus gomas y volver a pista. Cuando lo logró había perdido mucho tiempo y solo pudo ser séptimo para sumar lo justo para mantenerse líder con solo un punto de ventaja sobre Hamilton.

Vettel fue la punta de lanza para calmar los nervios pero lo cierto es que los 'tiffosi' empezábamos a sentir que nos encontramos ante un caso similar a 2013. Ferrari comenzó bien, ganando carreras ante un Red Bull que seguía siendo superior al resto, pero todo fue un espejismo. No estábamos en la misma situación, o eso creía, pero recuerdo como hace 5 años Alonso llegó a inquietar a Vettel, que en las 10 primeras carreras solo logró 3 victorias pero que en las 9 últimas hizo un pleno histórico, un récord que nadie ha batido. Confiaba en que Lewis no fuera capaz de igualar esa hazaña y que los de Maranello no volvieran a las andadas con sus 'peoras' y dieran, por lo menos, los mismos pasos adelante que diera Mercedes para que el campeonato fuera vibrante hasta el final y no nos fuéramos de Europa con la sensación de que ya estaba todo decidido.

Lo que si se podía decidir en los dos meses que faltaban para que la F1 volviera a poner rumbo a Asia era el futuro de muchos pilotos. Dos que estaban con su cabeza pendiendo de un hilo eran Palmer Kvyat. El británico poco pudo hacer con un coche que no le permitió completar la vuelta de formación pero su año estaba siendo nefasto. El ruso sumaba fiasco tras fiasco y las quejas sobre Sainz por un incidente que provocó él levantaron una auténtica oleada de voces críticas que pedían a gritos que su asiento en Toro Rosso lo ocupara otro piloto. Las aguas bajaban muy revueltas en Faenza y la primera victima parecía que iba a ser Kvyat por su pobre rendimiento y comportamiento.

Sainz quería ser una "victima", pero a petición propia. El madrileño dulcificó su discurso pero en Red Bull ya sabían que aspiraba a algo más, y si no había hueco en el primer equipo debían empezar a pensar en buscar un buen precio de venta para que otra escuderia de la parrilla se hiciera con los servicios de un piloto que necesitaba probarse en un coche más competitivo. Algo que esta vez si pudo hacer Verstappen aunque se quedó sin el premio de un podio; y con un Ricciardo muy cerca de él tras realizar una perfecta remontada con susto incluido que no le impidió superar a un Hulkenberg que seguía demostrando que estaba muy por encima del rendimiento de su Renault.

Quien no necesitaba probarse era Alonso, que pasó del éxtasis ante una parroquia difícil pero entendida como la británica; a la nada. Arrancó una de las ovaciones más cerradas en mucho tiempo con su intento a la desesperada por pasar de la Q1 con un arriesgado cambio de neumáticos, de los de mojado a seco, que le permitió ser el más rápido en una sesión en la que basta con cumplir el expediente. El español le puso una pizca de emoción a un momento intrascendente para él pero lo hizo por algo más que por ser el más rápido.

Quiso demostrarse a si mismo, a su equipo y, sobre todo, a otros equipos y a los aficionados que estaba en la F1 para competir al máximo nivel y que, como hizo el sábado, aprovecharía cualquier rendija para ser el primero. No fue solo espectáculo ni un arrebato más de un piloto frustrado. Esas dos vueltas de Fernando en la Q1 de Silverstone son una metáfora de sus movimientos en el mercado de pilotos: se la jugaba al límite y si le salía bien podía ponerse muy arriba, pero si le salía mal podía quedarse fuera de McLaren y de la Fórmula 1. Algo que no sucedió en 2017 pero que en 2018 si puede producirse.

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