Adiós Bernie

Decir que no deseaba que la F1 dejase de una vez por todas de estar ligada al destino de Bernie Ecclestone sería mentir, pero también lo es no sentir nostalgia a la hora de asimilar tal hecho. La Fórmula 1 tiene mucho que agradecerle pero también que reprocharle. Gracias a él se llegó a convertir en una de las categorías deportivas del mundo, seguida y vista por millones de personas; se convirtió en todo un fenómeno de masas y en una máquina de generar cantidades ingentes de dinero. Ecclestone impulsó y multiplicó los efectos que transformaron a una competición automovilística en el 'gran circo' que todos conocemos ahora..., ese mismo espectáculo que ahora peligra, en gran parte porque la misma persona que lo encumbró lo mantenía ahogado.

El veterano empresario no supo ver cuando dejo de ser un visionario para mutar en una especie de avaro que se escudaba en su pasado para proponer y disponer a su antojo. Cientos de sus ideas funcionaron desde que en 1972 adquiere el equipo Brabham y funda la asociación de constructores, un paso que le llevaría a repartir los derechos televisivos entre FIA, equipos y su compañía (entonces FOCA, actual FOA). A pesar de innumerables enfrentamientos con todas las partes implicadas en la F1, problemas de salud, escándalos políticos y salidas de tono, Ecclestone ha dominado de forma directo o indirecta la Fórmula 1 durante casi 45 años, casi medio siglo en el que se ha vivido el despegar de la competición y crisis que casi la destruyen, y ahora una crisis compleja que ha acabado por jubilarle a los 86 años.

Su mejor invento, para él claro está, fue el 'pacto de la concordia' que instauró tres años después de "tomar el control" de la F1 en 1978. Desde 1981, Bernie se convirtió en el máximo responsable y beneficiario de la venta de los derechos de emisión de la Fórmula 1 y de imponer cánones a circuitos, patrocinadores y socios. Como empresario demostró no tener rival y su poder creció hasta la negociación del 'pacto' en 1997 que lo encumbró al máximo nivel. El británico llevó a la competición a conseguir una difusión casi total y a ampliar mercados. Poco a poco, la F1 abandonó la vieja Europa para abrazar el sudeste asiático y oriente medio. La audiencia y las inversiones se multiplicaron al mismo ritmo que las dudas por su viabilidad, sobre todo tras la crisis económica global en la que llevamos inmersos cerca de una década.

En los últimos años hemos vivido la creación y ocaso de equipos, pilotos y circuitos que fueron auspiciados por la visión comercial de Ecclestone. Turquía, India, Corea o Valencia (España), entraron con fuerza en el calendario con la misma velocidad con la que salieron, y Baréin o Sochi (Rusia) se mantienen a pesar de las circunstancias que aconsejarían su no continuidad. El dinero  de países o empresas también posibilitó la creación de equipos que nacieron con fecha de caducidad y la participación de pilotos con nivel insuficiente para llegar a la F1. Bernie puso por encima de la competición, del talento y del espectáculo al dinero, y ese fue su mayor y más grave error.

La Fórmula 1 no podía dejar de ser automovilismo para ser sólo una empresa porque, además, eso supondría la muerte del propio negocio... pero Ecclestone no lo quiso ver. Por eso, aunque ha costado demasiado tiempo, le han tenido que echar. Sí, esa es la palabra: echar. Han intentado que la transición fuera dulce pero los bandazos que ha dado en los últimos años han terminado por precipitar una decisión que permuta una cabeza visible por tres sustentado en un cambio de poder accionarial. Puede que dividir la responsabilidad sea algo problemático si cada uno no tiene claro a qué parcela se dedica.

A que esto no ocurra puede ayudar mucho que una de esas tres patas sobre las que se sustentará la dirección de la nueva F1 sea la de Ross Brawn. Su experiencia es incuestionable y, en principio, su forma de trabajar puede ser una gran ayuda para el resto del equipo. Si no se deja influenciar y se mantiene firme conseguirá lo que muchos esperamos: que se simplifique una competición enrevesada, criticada y cuestionada. Ni él ni ninguno de los otros dos "cabecillas" de la Fórmula 1 son dos chavales pero está claro que pueden darle otro aire diferente al que le ha imprimido Bernie. Sólo tenemos que esperar unos meses para ver si este cambio político se traduce en la pista, y unos años para saber si salva a la F1 de una mutación extrema o de su desaparición definitiva.

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